“Este libro es un acto de emancipación enorme”

Rodrigo Ruiz, periodista y fundador de El Desconcierto, presentó el libro “Mujeres en el MIR” (Pehuén) en la Feria del Libro de Santiago: “A contrapelo de ese militante empaquetado en su imposible versión de un marxismo dogmático, ateo, masculino, aquí se nos brinda una militancia con tarot, la formación política junto al ‘gran recurso de nuestra intuición y la magia de las energías’”.

Mujeres en el MIR, libro Pehuén en FILSA

Todo lo que diré tiene dos sentidos principales: quiere ser un homenaje, confeso, sentido a estas cuatro mujeres, y a muchas otras como ellas que asumieron y siguen asumiendo decisiones militantes en su vida. En segundo lugar, todo lo que leeré no es más que el intento de poner en una primera forma el esfuerzo por aprender de estos testimonios.

Vamos

Se lee este libro con los ojos irritados, con disnea.

Hay una impresionante cantidad de dolor en este libro. Dolores humanos profundos, esos dolores que son reconocibles en todos los procesos históricos de genocidio y represión. El dolor de un país entero, el dolor que recorrió el continente en la época de las dictaduras militares, el dolor que produce el neoliberalismo en todas partes, permanentemente. El dolor de jóvenes madres que se separaban de sus hijos sin saber si volverían a verlos, el dolor de las hijas que quedaban atrás, el dolor de quien ve morir acribillado a su compañero a unos pocos metros de la micro en que escapaba. Tanto dolor que corremos el riesgo de quedar atrapados en él, o lo que sería peor, dejar hundidas allí a las autoras como en una condición vital que las define.

Pero hay más rebeldía que dolor. Hay de hecho una ingente rebeldía ante el dolor mismo, ante la posibilidad de incurrir en las abstracciones de la víctima y la mujer doliente, incluso la mujer martirizada por la infidelidad.

Es la propia narración de las autoras la que nos obliga a salir de allí. Primero porque la permanente reflexividad con que se construyen los relatos pone en perspectiva las circunstancias individuales, y el esfuerzo por repensar cuanto ha ocurrido y ocurre permite articular la biografía con la historia. Su madura reflexividad, lúcida y frontal es una formidable herramienta contra la victimización. Junto a ello, la voluntad de construir sentido a una experiencia en la que los enormes sacrificios realizados no tuvieron un buen final, y vivieron el desmoronamiento de la organización a la que habían pertenecido tan orgullosamente, la muerte de tanto compañeros, la pérdida de confianzas y el refugio muchas veces obligado en pequeñas lealtades.

Hay entonces una notable voluntad de elaboración que se interpone en el camino del trauma puro y simple. Y no sé si habrá sido igual en todas partes. Pero quisiera subrayar, y con ello homenajear al MIR, que en la cultura política que en la cultura política que allí se comenzaba a formar estaba presente ya, como en una especie de código genético que no alcanzó a desplegarse por completo una ética de transformación que forjaba la decisión de recomenzar una y otra vez mientras la injusticia permaneciese y hacerlo, además, analíticamente.

La madura voluntad de estas cuatro admirables mujeres de encarar sus vidas en un proceso de producción –la escritura- que tiene tanto valor como el producto que de él emerge, instala una apertura, cuando menos una grieta en el presente. La producción de ese pasado que nos alcanza en estas páginas está realizada desde la experiencia de mujeres cuya vida no ha pasado ya solo por la resistencia a la dictadura, sino por la realidad del régimen que se instala después. Es decir, tanto en las luchas de resistencia de los 80´ como su continuación “por otros medios”. Me refiero al trabajo posterior de todas ellas, guiadas en una nueva esfera pública por los mismos valores y semejantes ideales. Teresa con trabajadoras del comercio sexual, por ejemplo, o Patricia con muchachos expulsados del sistema educativo.

Eso es clave, porque ellas necesitan saber, y nosotros también, que los tremendos sacrificios que hicieron, y a través de ellas los que hicieron quienes les rodeaban, tuvo un sentido productivo, quiero decir, un sentido que va más allá de la derrota, un sentido que se extiende a toda actualidad.

Un presente, por cierto, que las encuentra en la incomodidad y la crítica, ellas fueron construidas por aquella época en que el Estado declinaba y se anunciaba su derrumbe en medio de una monumental crisis del capitalismo mundial, que como sabemos, fue sucedida por la instalación del neoliberalismo. Margarita, Viviana, Teresa y Patricia se formaron como personas en aquel tiempo, el MIR mismo también, y es allí, en las identidades sociales que allí se definieron, que se constituyó su determinación militante.

Una familia obrera de La Granja, una familia de clase media profesional de Ñuñoa, etcétera, son sus contextos. Pero, quiero añadir, son de alguna manera también los cont0065tos desde los que se construyen sus memorias. Aun cuando aquellas posiciones ya no encuentran lugar en el mapa social que ha emergido producto de la transformación neoliberal, ellas porfían y recurren a sus orígenes en lo que me parece vuelve especialmente productivo un ejercicio de memoria como éste. La insubordinación de estas identidades sociales, su porfiada persistencia en estas memorias, es una forma de decir que ellas saben bien que aquello que en algún momento destruyó las formas de socialización en que nacieron, aquella fuerza histórica tremenda que ha arrasado con prácticamente todo, no es otra que la de la instalación de un nuevo modo de someter la vida a los designios del capital, o si se prefiere, eso que escuetamente llamamos neoliberalismo. Pensando en su vida en 1975 Patricia dice con rabia algo que creo diría de igual forma si pensara en 2017: “éramos familias proletarias y hasta esa condición nos negaban”.

mujeres mir pehuén 3

Pero el individuo que modela el neoliberalismo, ese que en estos días de campañas electorales y encuestas de opinión se nos instala obsesivamente como un misterio politológico, está impedido de un proceso de elaboración que pueda conducir una superación de los traumas. La programación del individuo competidor, del emprendedor solitario y desconfiado, es también el lugar de la sorda persistencia del trauma. Para decirlo de otro modo, la condición traumática se vuelve convenientemente un aspecto definitorio de ese individuo que, según todas las apariencias, nada tiene que ver con la política, con la historia reciente, con la militancia. El individuo traumatizado que emerge de la cruenta instalación del neoliberalismo está disponible para ser, a un tiempo, responsabilizado de sus problemas y aterrorizado por sucesivas amenazas de pandemias, excesos telúricos, los ataques de los terroristas, del país de al lado, de las insondables fuerzas de la hiperinflación, de la pérdida del empleo, de las enfermedades catastróficas, de los norcoreanos o, quien sabe, de los marcianos. La cosa es que hay que portarse bien porque las desgracias nos acechan.

 

Leemos estas memorias entonces desde los desafíos de nuestro presente, porque debemos saber que, así como Margarita dice que “nadie parte de cero en su vida”, tampoco lo hacen las nuevas construcciones políticas. Entonces tenemos cuatro testimonios militantes, valiosos, especialmente, para quienes en este tiempo concurrimos una vez más al intento de construir formas de ejercicio militante.

Sabemos que si queremos tener algún nivel de éxito en nuestro empeño transformador, no podemos limitarnos ni a las concepciones de la emancipación humana ni a las formas de militancia de la izquierda del siglo XX. Pero antes de desecharla con un poco fundado orgullo, como muchas veces se hace desde muchos liderazgos juveniles, hay que conocerlas, des/armarlas y volverlas a armar. Pasar de las miradas oficiales de esos tiempos y esas prácticas, y enterarnos de lo que por ejemplo aquí se relata, que a ratos tiene poco que ver con la imagen que nos ha llegado sobre las militancias de los 70 y los 80, resguardados por la consabida monumentalización del héroe militante. Lo que aquí nos llega por vía femenina, nos muestra una tremenda riqueza en las trayectorias y las formas de experimentar la militancia, cuya apropiación crítica en las condiciones actuales puede ser de enorme utilidad.

Me permito subrayar algunos aspectos de ello.

A contrapelo de ese militante empaquetado en su imposible versión de un marxismo dogmático, ateo, racional, siempre sensato, masculino, occidental y blanco, añadamos, aquí se nos brinda una militancia con tarot, de análisis de situación política entremezclado con pálpitos y abuelos muertos protegiendo a los vivos, la manda de Viviana a la Difunta Correa, la formación política junto al “gran recurso de nuestra intuición y la magia de las energías”. Acaso una concepción diferente del mundo y sus fuerzas, que se las arreglaba sin embargo para convivir –en una semiclandestinidad dentro de la clandestinidad, imagino- con las versiones oficiales.

Pero es porque eran mujeres, dirá alguien. Sí, es porque son mujeres, es por eso precisamente que amplían el campo visual y hacen ingresar cuestiones fundamentales: las dificultades de las mujeres en aquellas organizaciones aún prisioneras de concepciones patriarcales, y la oportunidad, como señala Teresa, de acercarse a la militancia feminista; y por otro lado, la posibilidad de mirar de frente las relaciones con la familia, con la vida cotidiana, que por más excepcionales que fueran los tiempos siempre estaba allí, empecinadamente cotidianas, hacer aseo, ir a la feria, hablar con la vecina, mostrándonos que la militancia es en realidad la vida militante, irreductible, multiforme, por más que los relatos masculinos quisiera simplificarla.

Incluso cuando quedaban los hijos en Cuba la vida no entraba en “modo suspendido”, y por tanto, la calidad de la militancia, el modo en que se resolvían los problemas políticos, la capacidad de subsistencia misma, como podemos ver aquí, estaban relacionas de forma ineludible con los planos a menudo despreciados de la vida, que son, sin embargo, donde la pobreza se experimenta como pobreza, donde las mujeres son sometidas por los hombres, donde se comparte o no se comparte la crianza de los hijos, y un largo etcétera.

Cuando Margarita logró eludir a la CNI en 1983, saltando de una forma sorpresiva de una micro, debió refugiarse en la casa de las amigas de una amiga que accedieron de buen grado a recibirla, porque “estaba arrancando de un marido que me buscaba para matarme por haberle sido infiel”. Impresionante el parecido en la violencia y la inminencia de la muerte, mucho más allá de la metáfora, impresionante también en la solidaridad y el refugio. De eso hablamos, también, cuando hablamos de la vida cotidiana.

Finalmente, nadie supo de mejor forma que ellas, y a la vez de la peor, si se me permite, de la dolorosa y dificilísima cuestión de la maternidad en la lucha. Las otras y los otros que lo supieron son, claro, las hijas, los hijos. Ellos merecen también todo nuestro reconocimiento.

Los hombres son otra historia. Rondan, a veces como pequeñas ánimas perdidas, sin nombre, “el padre de mis hijas”, “mi pareja de ese momento”, el contraste entre “todas las mujeres fuertes de la familia y el silencio y los miedos de los hombres”. Acaso se trata de hombres que no alcanzan a ser nombrados en estas historias, que por esa circunstancia no les brindan forma alguna de arraigarse en esta memoria, y los dejan sueltos.

El libro no es un discurso feminista sobre la militancia de las mujeres en el MIR, ni puede decirse que constituya una exploración dedicada a la cuestión de género. Pero a los hombres nos cuesta aparecer en él, y me parece justo, inteligente. Las autoras se cuidan, por ejemplo, de nombrar a los caídos con sus nombres y sus apellidos, sean mujeres, sean hombres, pero no nombrar, si no quieren, al padre de sus hijos. Nombran a esos hombres junto a los cuales se reconstruyeron afectivamente después, sus parejas actuales, pero los nombran porque ellas quieren. Es su decisión nombrar, como ha sido su decisión todo en este libro, asumir la lucha, ingresar a la militancia, partir, volver. Ellas deciden, ellas se hacen cargo, no necesitan un hombre para eso. De esa suerte, formará parte de la comunidad que constituye esta memoria, me parece, solo quien forma parte de la construcción subjetiva de quienes escriben.

Un último comentario. Creo que es importante que comprendamos que este es el MIR. No es el MIR de las mujeres, o el MIR según las mujeres, o el pedazo del MIR que vivieron las mujeres. Es el MIR a secas. Es distinto si, al de otras historias, y es seguro que no es el MIR de los relatos del héroe masculino de belleza y valentía caballeresca, que tampoco fue el de muchísima gente, de casi todos. Creo que para llegar allí lo que más nos ayuda es escuchar a las mujeres, porque ellas no cuentan el MIR de las mujeres, ellas toman en sus manos la posibilidad de contar la historia toda, para narrar una política y unas consecuencias, una lucha y sus dolores, sus maternidades y sus amores. Es realmente emocionante, y por cierto aleccionador, leerlas tomando la memoria en sus manos, sin pedir permiso, ni al poder, ni al partido, ni a los hombres.

Creo entonces que este es un acto de emancipación enorme. Aquí los crudos golpes recibidos se sacuden, y se espantan las mañanas de recuerdos hirientes. Mañanas lluviosas que nunca se van, ya sabemos, pero no por eso las atrapan. Por eso no hay víctimas, hay gente porfiada, lúcida, de pie. Yo conozco a algunas de ellas. Me imagino que muchos de ustedes también, y creo que por eso podemos coincidir en que son, como dice Serrat, lo mejor de cada casa.

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