“La discusión en torno a los maleficios esconde otras problemáticas de exclusión y control social”

 

Eduardo Valenzuela nos sumerge en el mundo de la hechicería pasando revista a toda la tradición histórica que se ha tejido en torno a ella, hasta llegar a la realidad de las Colonias latinoamericanas, específicamente en el caso chileno. Nos expone distintos casos de heterodoxia en las que se funden complejos conceptos de colonialismo, control y nociones del derecho. De este modo, el maleficio será la praxis y la hechicería uno de sus formatos.

Lo más interesante que nos viene a proponer el libro Maleficio. Historias de hechicería y brujería en el Chile colonial es cómo toda la discusión en torno a los maleficios esconde otras problemáticas de exclusión y control social que hunden sus raíces en la edad media, se reproducen en la sociedad colonial e incluso podrían tener consecuencias hasta hoy en día.

En dicho contexto, serán los sujetos indígenas y las sujetas mujeres quienes más intentarán ser supeditados a un control legal que basará sus procedimientos en una “matriz de comprensión”, dentro de la que se combinan esquemas estereotipados sobre la ritualidad indígena, ecos de la brujería europea e historias populares de origen peninsular. Se produce, entonces, un sincretismo cuyo resultado será la condena de aquellas minorías sociales.

Los indígenas son considerados illiterati, vale decir, sujetos apartados de la luz e inocentes. Los más optimistas veían en ellos una disposición a conocer la palabra de Dios. En tal sentido, ellos no fueron agentes pasivos en las transformaciones ontológicas del periodo colonial.

Por lo demás, Valenzuela nos recuerda que la comunidad indígena siempre estuvo desestructurada y fragmentada. Para la Corona española no era difícil deslegitimar la posición de poder de los caciques, quienes tendrían que haber sido los cohesionadores de estas poblaciones. En nombre de la educación cristina, los colonizadores se permitían incluso quitar tuiciones a los miembros de una familia, desarticulándolas, o incluso legitimar formas tan atroces como los raptos.

Por otra parte, son las mujeres quienes comúnmente serán ligadas a estas prácticas, pues existe una larga data en la tradición patrística y veteroestamentaria, y en ella la mujer es considerada una creación imperfecta, débil de voluntad y corruptible. La hechicería aparece como un ejercicio eminentemente femenino y encuentra su máxima expresión en la figura de la bruja en la escoba; imagen decimonónica de las maleficiadoras.

Valenzuela es tajante y certero cuando nos indica que “la enorme similitud de las testificaciones y el estereotipo que se forjaba a raíz de estos juicios forzaron a los investigadores a pronunciarse sobre una duda esencial: ¿eran los acusado o los propios inquisidores quienes creaban el delito?” (122). Como ya adelantamos, las declaraciones de los indígenas y la mujeres fueron acomodadas a una matriz de comprensión que, en última instancia, pertenecía al universo cultural de los jueces. La dinámica del parafraseo es así reproducida con todos los agravantes del problema de la alteridad.

Gran parte de las historias aquí expuestas tienen un aspecto criminal civil. Valenzuela cruza en el mismo texto una análisis legal con un profundo conocimiento antropológico sobre las prácticas de la época y en torno al modo en que la hechicería era concebida. Aquellos delitos de fuero externo, es decir, que causan daños a un tercero, obligaba a los indígenas a responder ante la justicia ordinaria o tribunal civil. Es ahí cuando hablamos de maleficio. Las penas iban desde el castigo corporal hasta destierros en obrajes cuya duración dependía de la gravedad del delito. Lo radical de estos procesos es que comienza a aparecer el indio como un sujeto jurídico.

En definitiva, este interesante texto nos permite descubrir los procedimientos de la época y cómo ellos pueden hacer eco hoy en día dentro de una sociedad que muchas veces basa sus formas de exclusión en elementos cercanos a la superchería y lo absurdo. El fenómenos adquiere, así, variadas resonancias que este libro acoge con suspicacia y plena rigurosidad, pues se trata de un estudio profundamente serio sobre el Chile del siglo XVIII.

 

 

Santiago de Chile

Pehuén, 2013

175 pp.

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