La huelga de hambre de Ariel Trangol ante la mirada indiferente

Por Fernando Pairican, director de la colección Pensamiento Mapuche Contemporáneo de Pehuén.

La petición de Trangol no es la libertad, sino un debido proceso, que lo dejen volver al arresto domiciliario a la espera del juicio. Eso ayudaría, tal vez, a que volviera de ese portal a la muerte en que todas y todos nosotros lo hemos dejado ingresar con la misma indiferencia de los gendarmes que están en su puerta chateando mientras custodian que la tragedia no salga del frió cuerpo de Trangol conectado a la cama del Hospital Enrique Aravena de Temuco.

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Ariel Trangol está en el Hospital Enrique Aravena de Temuco. Lo custodian cinco gendarmes que pasan los días sentados en las afueras de su sala y otros en el interior de la misma. Su tarea evitar que se fugue -aunque sería imposible por su débil estado físico-, controlar a quienes lo visitan, escuchar las conversaciones o que intente volver a suicidarse. Aunque en base a un comunicado, también lo presionan para que desista de la protesta. En ese escenario es trasladado juicio llamado por la prensa “Caso Iglesias”. Y en verdad, lo único que esperan los cuatro detenidos, es que este se desarrolle lo más rápido posible para poner fin a lo que consideran un calvario y del que, aseguran, son inocentes.

El peñi habla poco. En verdad solo susurra. Su desgaste es evidente. Los médicos lo tienen conectado, lo que evita que muera. Salvo para sus familiares, es posible observar en el hospital en la ciudadanía regional, indiferencia.

A Trangol se le ha desarrollado una profunda depresión a consecuencia de la huelga de hambre. Su cuerpo delgado, sus ojos hundidos, las marcas de los huesos en la piel contrasta con la que era su vida cotidiana como campesino y temporero durante los meses de diciembre a abril. Un trabajo que buena parte de la juventud mapuche del campo desarrolla para evitar la pobreza y la cesantía de una región que según INE bordea el 7,8%, convirtiéndose en la tercera región con mayor cesantía.

Los hijos de Trangol están devastados. Si el Estado debe garantizar el derecho a ser feliz, y crear las condiciones para un desarrollo integral acorde con su identidad mapuche, ello no se ha cumplido acá. Se han resentido físicamente, al ver a su padre en huelga de hambre. A ello se agrega otro hecho: han acompañado a su madre a visitar al padre durante el invierno a la cárcel, un verdadero tempano de hielo en los inviernos de Temuco que los ha enfermado en distintas ocasiones. Todas estas variables, han creado un contexto familiar en que Trangol se ve incapacitado para asumir un rol culturalmente clave en la sociedad mapuche: el padre de familia, en el sentido más clásico del concepto, proveer económicamente a la familia y educar en las tradiciones como costumbres mapuche a sus hijos.

El estado de incertidumbre de Ariel se acrecentó luego que la Corte de Apelaciones de Temuco revocó el arresto domiciliario. Ello fue posible luego que el gobierno, a través del destituido director del INDH, Branislav Marelic, los convenciera para retirar la querella por Ley por Conductas Terroristas. Ese gesto, posibilitaba, entre otras garantías, modificar la detención preventiva por arresto domiciliario. Sin embargo, el Ministerio Público apeló y la Corte de Temuco falló a favor de la fiscalía el 8 de enero de 2018. Trangol declaró esa misma semana que lo estaba matando “la pena por estar encerrado tanto tiempo”.

Según la werken de Trangol, lleva más de ciento cincuenta días lleva en huelga de hambre. Variando a consecuencia de las interrupciones por las negociones fallidas con el gobierno. Trangol, por su parte, ha sostenido que “nunca quemamos la iglesia, no tenemos nada que ver con quemas (…) nosotros no somos terroristas. Somos mapuche, gente de bien, gente tranquila”.

Los mapuche dicen que son inocentes. Miladi Cerda Coñoeman, sostiene que los mismos policías involucrados en la Operación Huracán son los que detuvieron a los mapuche del “Caso Iglesias”, y serían los mismos, que a su vez, montaron las pruebas que imputan por el caso “Luchsinger Mackay” a la autoridad tradicional, Francisca Linconao. La machi no ha dejado de decir que es inocente y que no teme presentarse a los tribunales de justicia.

El punto, a mi juicio, es otro: Las dimensiones que han adquirido las demandas por restitución de tierras y la lucha por autodeterminación. Por qué es este el punto: el movimiento mapuche lleva treinta años politizando a su población en nombre de la identidad y la reconstrucción del ser mapuche en base a la cosmovisión y la historia. Un sector de la población mapuche en los campos de Wallmapu ha construido este imaginario. Si a ello le agregamos los conceptos ideológicos que las escrituras mapuche han puesto al debate -en que me incluyo- como: colonialismo, descolonización, nacionalismo, identidad, liberación nacional, autodeterminación, no esperemos que nuestra ciudadanía autonomista no los lea o interpreta al pie de la letra. Menos en la población en que la extrema pobreza, el racismo más brutal, y una sociedad regional que excluye al mismo tiempo que racializa la identidad mapuche a niveles enfermantes, decida ser “consecuente” con lo que hemos venido planteando como sociedad política mapuche.

En ese aspecto, las quemas de iglesias deben comprenderse -no justificarse- en la crisis de la identidad, el discurso y práctica política del movimiento que ha visto en los símbolos del colonialismo una historia de dominación. Y han sido los símbolos a lo largo de la historia los primeros en ser afectados por los procesos políticos: las iglesias durante la Reformas en Alemania, los molinos de trigo que combustionaron la Revolución Francesa, los templos indígenas que acabaron siendo utilizados para la construcción de las iglesias. Las rukas mapuche durante la Ocupación de La Araucanía y el proceso de reducción.

El movimiento mapuche, así como las reivindicaciones étnicas en general, nacionalistas e identitarias, adquieren dimensiones insospechadas o difíciles de controlar si las organizaciones políticas no se hacen responsable o conducen dichas aspiraciones. El siglo XX se caracterizó y dejó profundas huellas en ese ámbito. Y el siglo XXI, a partir del atentado a las Torres Gemelas puso nuevamente al debate que identidad, religión, nacionalismo y política están lejos de quedar en el pasado.

La tragedia de Ariel Trangol se puede sintetizar en ambigüedad (la del gobierno, de los fiscales, del movimiento mapuche, de las escrituras indígenas, de la comunidad de la que él vive y de la ciudadanía crítica) entre el discurso y lo que realmente pensamos a la hora de construir una sociedad para el futuro. “Si él fuera culpable -argumenta la werken- no estaría haciendo esto”, enfatiza durante nuestro trawün.

Los daños físicos y mentales de Ariel Trangol son irreparables. A estas alturas, si se lograra un acuerdo humanitario para que depusiera la huelga, o el Estado violentara el derecho a la huelga de hambre, alimentándolo a la fuerza, posiblemente moriría de todos modos. La estrategia de la huelga de hambre, utilizada casi todos los años por los imputados mapuche con el fin de crear las condiciones para un debido proceso, pareciera, aparentemente, como agotada como vía de protestas ante los juicios irregulares. Sin embargo, ¿qué otro camino pueden tomar los mapuche como mecanismo de protestas? Esta medida extrema que se ha venido repitiendo todos los años por los imputados mapuche, el montaje de la Operación Huracán, evidencia la derrota absoluta de la vía de la criminalización como forma de resolver la autodeterminación mapuche. Nuevamente, esto pone a colación la incapacidad de los actores por encontrar los espacios de diálogos para una solución política integral y real.

La familia de Trangol está desesperada. Sobre todo, como dice su werken, por tener que “mendigar ayuda para sus hijos. No obtener ingresos para sus hijos lo desesperó. No poder vivir, enseñar y alimentar lo acabó por desesperar”. Los desencuentros (¿o acuerdos?) entre las instituciones acabaron por insertar en un clima psicológico que lo ha dañado emocionalmente, transitando hacia una soledad interior, viajando hacia sí mismo, entrando en ese sendero que los médicos llaman “riesgo vital”.

“¿Cuál es el mensaje que le gustaría decirle al movimiento mapuche?”, le pregunto a la lamgen Miladi Cerda Coñoeman: “que asistan a la movilización. Que vean que esta huelga no es un hecho aislado. Esto es un tema que abarca a otros hermanos y al conjunto del pueblo mapuche. Que todos se apoyen en esta situación de criminalización”, y agrega: “cuando no hay apoyo, gendarmerías y fiscales se aprovechan“. Y recuerda un hecho ocurrido tiempo antes: “hace un tiempo lo tenían engrillado sin necesidad. Eso lo posibilita porque no hay visitas, no hay apoyo social mapuche para denunciar”.

Los cercanos a Ariel Trangol esperan que “él tome la decisión de volver” a la vida. Pero ello se ve difícil ya sea por él y sobre todo por la indiferencia de quienes tienen hoy el poder, ya sea por la coyuntura de la Operación Huracán o porque también están a semanas de abandonarlo. La petición de Trangol no es la libertad, sino un debido proceso, que lo dejen volver al arresto domiciliario a la espera del juicio. Según Cerda Coñoeman eso ayudaría, tal vez, a que volviera de ese portal a la muerte en que todas y todos nosotros lo hemos dejado ingresar con la misma indiferencia de los gendarmes que están en su puerta chateando mientras custodian que la tragedia no salga del frió cuerpo de Trangol conectado a la cama del Hospital Enrique Aravena, siendo trasladado al juicio, que busca condenarlo a 20 años y un día de prisión.

Artículo original en: El Desconcierto

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